DEL OBJETO AL CERO
Experimentó con distintos estilos y estudió la obra de Matisse, Picasso y Cézanne. Pasó por el simbolismo y el cubofuturismo, y se inspiró en el arte popular. Sin embargo, cada vez sentía con mayor intensidad que incluso los innovadores más atrevidos seguían representando objetos reconocibles: figuras, cosas y arquitectura.
Malévich quería ir más lejos. No deseaba representar el mundo; quería construir uno propio. «El objeto en la pintura no era más que un adorno, una hermosa corbata alrededor del cuello del arte», escribió. A su juicio, el arte debía existir de forma independiente: no como espejo de la realidad, sino como una realidad en sí misma.
El giro decisivo se produjo en 1913, cuando Malévich trabajó en la escenografía de la ópera futurista Victoria sobre el sol. En la obra, el sol —símbolo de la razón y la tradición— desaparece del cielo. Un cuadrado negro aparece por primera vez en sus diseños para la representación, como signo de la luz extinguida y del final de una era. Sin embargo, todavía no era una pintura independiente.
En 1915, en la exposición 0,10 de Petrogrado, Malévich presentó Cuadrado negro como una obra pictórica acabada. La colgó en el «rincón rojo», el lugar reservado para un icono en los hogares tradicionales rusos. Fue un gesto poderoso y preciso. Allí donde normalmente habría aparecido un rostro sagrado, surgía un cuadrado negro. La imagen había sido sustituida por el silencio.
Con este acto, Malévich proclamó un nuevo lenguaje visual. Había nacido el suprematismo, cuyo nombre deriva del latín supremus, «el más alto».
¿Podría usted pintar un Cuadrado negro? Por supuesto. Pero el elemento decisivo es la idea. El arte ya no tenía que comunicar una historia. Ya no necesitaba objetos. Bastaban la forma, el ritmo y la energía interna.
Es importante comprender que Cuadrado negro no fue la primera obra de arte abstracta. Varios años antes, Wassily Kandinsky había creado sus primeras composiciones no objetivas y, en 1912, publicó De lo espiritual en el arte. Sin embargo, Malévich llevó la idea hasta el extremo.
Kandinsky buscaba música y emoción dentro de la abstracción. Malévich despejó la superficie hasta alcanzar un cero absoluto. Rechazó la idea renacentista del cuadro como una «ventana al mundo» e hizo de la pintura un mundo en sí mismo.
Pero ¿fue Malévich realmente la primera persona a quien se le ocurrió cubrir de negro una superficie? Formalmente, no. Ya habían aparecido experimentos parecidos. En 1883, por ejemplo, el escritor y humorista francés Alphonse Allais expuso un rectángulo negro con un título cómico deliberadamente provocador. Era un acto de ironía, una burla a costa del arte académico de Salón.
Malévich convirtió el cuadrado negro, que había sido una broma, en un principio. Fue el primero en tratar una forma semejante con absoluta seriedad: como un manifiesto y una revelación pictórica. Ahí reside su innovación.
Cuadrado negro se convirtió en el centro de todo un conjunto de composiciones suprematistas expuestas en aquella misma muestra. Rectángulos, círculos y líneas sustituyeron todo aquello que pudiera parecerse a un objeto. Solo quedó la forma. Solo la tensión.
Estas obras no son imágenes de otra cosa. Simplemente existen. No son representaciones; son declaraciones.
Hoy, las obras de Malévich forman parte de importantes colecciones de arte moderno en Nueva York, París, Moscú y San Petersburgo. En 2018, una versión de Composición suprematista se vendió en una subasta por 85,8 millones de dólares. Sin embargo, la importancia de Malévich no puede medirse por su valor de mercado. Cambió de raíz la concepción de lo que podía ser la pintura.
Sus obras suelen poder reconocerse sin firma, gracias a su estilo, su geometría y su tensión interna.
Cuadrado negro
1915 / Galería Estatal Tretiakov
Blanco sobre blanco
1918 / Museum of Modern Art, Nueva York