TODO COMENZÓ CON UNA TRAGEDIA
La madre de Munch murió de tuberculosis cuando Edvard tenía cinco años. Su padre, médico militar, cayó en una depresión y una intensa angustia religiosa. Se distanció de sus hijos mientras les advertía una y otra vez que estaban condenados al infierno. Edvard sufría pesadillas.
Su hermana mayor Sophie, a quien quería profundamente, se hizo cargo de la casa y de los demás niños. Nueve años después, la tuberculosis también acabó con su vida. «La enfermedad, la locura y la muerte eran los ángeles negros que velaban mi cuna», recordaría Munch más tarde.
La niña enferma (1886) no es una mera escena. Es la reelaboración de un recuerdo traumático. La muchacha pálida y la mujer afligida que está junto a ella se convierten en un altar al dolor. Munch no pintaba lo que veía; pintaba lo que sentía. Ese era su método.
A partir de entonces, casi todas sus obras parecen páginas de un diario. En lugar de tinta, empleaba óleo, carboncillo y litografía. Munch también escribía diarios llenos de sueños, ataques de pánico y reflexiones sobre las mujeres y la muerte. De aquellos apuntes surgían sus cuadros.
Era introvertido, misterioso y reservado, pero también alto, delgado y carismático. Atraía a las mujeres.
Milly Thaulow irrumpió de pronto en la vida de Munch y, según comprendería él más tarde, le causó un daño profundo. Era una mujer casada de una familia noruega adinerada y varios años mayor que él. Para Munch, Milly era prohibida y fatal. Su presencia penetró en sus cuadernos, sus cartas y, con el tiempo, su pintura. Sobre todo, le reveló el abismo emocional que puede abrirse entre un hombre y una mujer. Llevó consigo aquel descubrimiento durante toda la vida.
Otra relación lo llevó a refugiarse aún más en el arte y a evitar los vínculos amorosos duraderos. Tulla Larsen y Munch comenzaron felices, pero él no tardó en sentirse atrapado por la intensidad de ella. Él intentaba marcharse una y otra vez; ella intentaba retenerlo una y otra vez. Después de cuatro años, durante una discusión se disparó un revólver y Munch perdió la falange superior del dedo corazón de la mano izquierda. Lo sucedido sigue sin estar claro: no se sabe quién sostenía el arma ni si el disparo fue accidental.
El incidente lo afectó profundamente. Transformó sus consecuencias emocionales y físicas en cuadros como En la mesa de operaciones (1902–1903), La asesina (1906) y La muerte de Marat I (1907).
Las relaciones amorosas provocaron repetidas conmociones en Munch, y el tema recorre toda su obra. «No puedo amar», escribió. «Solo puedo sufrir por amor».
La niña enferma
1885—1886 / Nasjonalmuseet, Oslo
EL FRISO DE LA VIDA
Amor. Celos. Miedo. Soledad. Muerte. El gran ciclo de Munch comienza con la esperanza y el despertar del amor, y después avanza hacia la enfermedad, el aislamiento y la pérdida. No es una mera sucesión de cuadros, sino una filosofía expresada mediante imágenes. Sus figuras son menos retratos individuales que arquetipos.
En Vampiro (1893), una mujer se inclina sobre el cuello de un hombre como si bebiera su sangre, mientras el cuerpo de él parece deshacerse contra ella como cera. La imagen no es principalmente erótica. Habla de agotamiento emocional, dependencia y miedo a ser devorado.
En Cenizas (1894), un hombre permanece sentado, paralizado y con el rostro cubierto. A su lado se alza una mujer cuya cabellera roja y suelta se extiende hacia él. Del fuego de la pasión solo quedan las cenizas a sus pies.
Después llegó El grito.
En 1892, Munch caminaba cerca de Oslo cuando se detuvo de pronto. Más tarde escribió: «Sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza». Aquel grito se convirtió en una imagen. Munch realizó varias versiones pictóricas y gráficas, entre ellas obras al óleo, pastel, temple y litografía. Una versión al pastel se vendió en 2012 por 119,9 millones de dólares.
Más tarde, Munch abordó temas religiosos. Gólgota representa la Crucifixión, pero rechaza el tratamiento tradicional. Los rostros y los cuerpos están alargados para intensificar su estado emocional. Cristo aparece rodeado por una multitud de figuras deformadas y grotescas, lo que ahonda la sensación de tragedia y alienación.
La pintura refleja la influencia de Vincent van Gogh y Paul Gauguin, en particular su uso de fuertes contrastes cromáticos y la deformación de la forma como medio para expresar la experiencia interior.
En 1908, Munch sufrió una grave crisis psicológica marcada por el alcoholismo, la paranoia, las alucinaciones y el miedo. Ingresó en una clínica psiquiátrica cerca de Copenhague. Después del tratamiento, su paleta se volvió más luminosa, aunque la tensión emocional nunca desapareció.
Se trasladó a las afueras de Oslo y vivió recluido. Las amas de llaves y los familiares lo irritaban; prefería la soledad. Las paredes de su casa estaban cubiertas con sus propias pinturas.
Empezó a representar el trabajo, la naturaleza y retratos, pero persistieron la misma ansiedad y vulnerabilidad. En Autorretrato con brazo de esqueleto (1895), mira de frente al espectador como si preguntara: ¿también a usted le da miedo estar vivo?
Munch hizo mucho más que pintar; experimentó sin cesar. Combinó técnicas, puso a prueba materiales y buscó texturas desconocidas. A veces colocaba sus cuadros al aire libre y los dejaba expuestos a la lluvia, la nieve y la luz del sol, para permitir que la naturaleza «terminara» la superficie. El método tuvo consecuencias: las condiciones inestables provocaron deterioro y corrosión en algunas obras, lo que planteó graves dificultades para su conservación.
El grito
1893 / Nasjonalmuseet, Oslo