APRENDER A DIBUJAR COMO UN NIÑO
¿Quién no ha mirado alguna vez una obra de Picasso y ha pensado: «Eso podría hacerlo un niño»? Es posible que un niño pudiera producir algo superficialmente parecido.
Pero estas obras no pueden juzgarse únicamente en términos de destreza técnica o realismo. Importan las ideas, el contexto, la filosofía y el lenguaje visual. Intentar dibujar «de la misma manera» no significa pensar de la misma manera ni participar en la ruptura artística que hizo posible esa imagen.
Picasso dijo en una ocasión, al contemplar unos dibujos infantiles: «Cuando tenía su edad, podía dibujar como Rafael. Me llevó toda una vida aprender a dibujar como un niño».
Lo cierto es que dominaba el dibujo desde la adolescencia. Picasso recibió una formación académica tradicional y estudió en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. ¿Por qué, entonces, creó más tarde imágenes que algunos espectadores descalifican como simples garabatos?
Picasso fue un artista de su siglo, y el siglo XX trajo consigo una auténtica revolución en el arte. Los creadores rechazaron las formas y los métodos tradicionales. El realismo, las convenciones académicas y la imitación dejaron de ser suficientes. Los artistas buscaron nuevos medios de expresión y dieron lugar a decenas de movimientos de vanguardia: del expresionismo al arte pop, del futurismo al minimalismo.
Picasso se convirtió en uno de los arquitectos de aquella revolución. Contribuyó decisivamente a la creación del cubismo, transitó con libertad entre lenguajes muy distintos y apenas pareció temer nada.
DIBUJAR HASTA EN SERVILLETAS
Picasso nunca dejó de trabajar. «La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando», decía. La pintura, el dibujo, la escultura y la cerámica lo ocupaban constantemente. Su estudio estaba abarrotado de lienzos y podía comenzar varias obras al mismo tiempo. Experimentaba, quebraba las tradiciones y reconstruía el lenguaje del arte.
Dibujaba sobre cualquier soporte que tuviera a mano: servilletas, papel pintado o periódicos. En París, donde pasó buena parte de su vida, su estudio se convirtió en un lugar de encuentro para artistas, poetas y filósofos. Entre aquellas paredes tomaron forma ideas que transformarían el arte del siglo XX.
Picasso conoció a Salvador Dalí y a Ernest Hemingway. Mantuvo una estrecha relación con Guillaume Apollinaire, el poeta que defendió el cubismo y escribió sobre él. Apollinaire fue uno de los primeros en comprender que Picasso no era únicamente un pintor, sino un fenómeno cultural. Su amistad se alimentó de conversaciones intelectuales y de la experimentación artística.
Georges Braque fue otra figura decisiva en su vida. Juntos desarrollaron el cubismo, un método radical que cambió la manera de entender la pintura. Desmontaron la perspectiva tradicional y demostraron que una imagen podía presentar varios puntos de vista y distintas capas de realidad al mismo tiempo.
Durante la década de 1940, Picasso frecuentó a Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Le interesaban sus ideas filosóficas, el existencialismo y las preguntas en torno a la libertad. Aunque no le gustaba ofrecer definiciones precisas de su propia obra, absorbía el pensamiento de los intelectuales que lo rodeaban y lo transformaba a través del arte.
Su relación con Henri Matisse fue especialmente importante. Fueron rivales más que amigos, pero se respetaban profundamente. Matisse llamó a Picasso «un devorador de todo lo nuevo», mientras Picasso admiraba los descubrimientos de Matisse en el terreno del color. La competencia creativa entre ambos empujó a los dos artistas hacia nuevas formas y nuevas soluciones.
UN CARÁCTER DESBOCADO
Picasso fue un hombre difícil. Sus amigos lo describían como una persona irascible, emocional y, en ocasiones, despótica. Estaba plenamente convencido de su genialidad y esperaba que los demás también la reconocieran. No toleraba bien las críticas y podía mostrarse duro, e incluso cruel, con quienes tenía más cerca.
Al mismo tiempo, poseía un carisma extraordinario. Podía contar historias durante horas, bromear y arrastrar a los demás hacia sus ideas. Le apasionaban las largas conversaciones sobre política, arte y vida. Trabajaba durante toda la noche y se olvidaba de comer o dormir. No aceptaba reglas, ni en el arte ni en su vida personal.
OBRAS ICÓNICAS
Picasso produjo alrededor de 20.000 obras. Varias de ellas se convirtieron en símbolos perdurables de su genio.
LAS SEÑORITAS DE AVIÑÓN, 1907
Esta pintura fue revolucionaria. Inspirándose en máscaras africanas y en el arte que entonces se denominaba «primitivo», Picasso construyó cinco figuras femeninas de rostros angulosos y cuerpos deformados. La obra suele considerarse uno de los puntos de partida del cubismo.
Conmocionó a quienes la vieron en su época. La perspectiva tradicional desaparece y los cuerpos de las mujeres parecen haber sido fragmentados para después ensamblarse de nuevo.
GUERNICA, 1937
Guernica es una de las pinturas antibélicas más célebres de la historia. Picasso la creó como respuesta al bombardeo de la localidad vasca por la Legión Cóndor alemana durante la Guerra Civil española. El enorme lienzo en blanco y negro está lleno de figuras que gritan, rostros deformados y cuerpos quebrados. Transmite el horror de la guerra y se convirtió en un manifiesto contra la violencia.
Según una historia muy conocida, durante la Segunda Guerra Mundial un oficial alemán vio una reproducción de Guernica y preguntó a Picasso: «¿Esto lo ha hecho usted?». El artista respondió: «No. Lo han hecho ustedes».
RETRATO DE DORA MAAR, 1937
Dora Maar fue una de las mujeres más importantes en la vida de Picasso. Pintado en lenguaje cubista, el retrato presenta su rostro como si se hubiera hecho añicos. Un lado transmite cansancio y dolor; el otro, tensión y fuerza. La obra refleja la complejidad de su relación: pasión, celos y el enfrentamiento entre dos personalidades poderosas.
LAS MUJERES
La vida privada de Picasso fue intensa y turbulenta. Sus relaciones comenzaban a menudo como historias de amor apasionadas y terminaban entre escándalos, sufrimiento y maltrato psicológico.
Su primera gran musa fue Fernande Olivier. Después llegó la bailarina rusa Olga Khokhlova, que se convirtió en su primera esposa. El matrimonio se derrumbó cuando Picasso inició una relación con Marie-Thérèse Walter, que tenía diecisiete años, aunque él y Olga continuaron legalmente casados hasta la muerte de ella en 1955.
Más tarde entró en su vida la fotógrafa y artista Dora Maar, seguida por la pintora Françoise Gilot, la única mujer que decidió abandonarlo. Jacqueline Roque fue su compañera durante los últimos años y permaneció a su lado hasta el final.
Cada una de estas mujeres dejó una huella en su arte. Sus rostros, personalidades y emociones aparecen una y otra vez en sus pinturas. Picasso no se limitó a retratarlas: transformó el amor, el deseo, la ira y el conflicto en imágenes.
